Evocación íntima y reflexiva de Carlos Gorriarena como artista, maestro y presencia vital, entrelazada con la amistad, la memoria y una concepción ética y política de la pintura. Desde el recuerdo personal y las palabras del propio Gorriarena, Luis Gusmán construye un retrato que huye del Yo como encierro y entiende el arte como pasión, compromiso y forma de estar en el mundo. La pintura aparece aquí no como ilustración de la realidad, sino como una política propia que la interroga y la sacude, capaz de hacer “venir abajo la pared” donde se cuelga. Entre anécdotas compartidas, obras, títulos, gestos de generosidad y pérdidas, el texto avanza como un rompecabezas afectivo donde vida y obra se contaminan. Leer más
