Durante varios meses monitorearon su rutina diaria: sus residencias, contactos habituales, métodos de comunicación y posibles refugios ante un eventual ataque. El seguimiento también alcanzó a la cúpula política y militar iraní, cuyos integrantes rara vez coincidían físicamente con el ayatolá, quien llevaba casi cuarenta años al frente del poder en Irán. Leer más
